No estás discutiendo por la cena.
Diciembre no inventa conflictos: los ilumina.
Diciembre tiene una habilidad incómoda: vuelve visibles las pequeñas grietas. Lo que en octubre se resolvía con un “luego lo vemos”, en Navidad aparece con mantel, familia, presupuesto y expectativas. Y entonces discutimos por lo que parece inofensivo: dónde cenar.
Pero casi nunca es el restaurante. Es el subtexto.
La discusión suele ser un mapa: quién cede, quién sostiene, quién “organiza”, quién se adapta, quién se siente fuera del cuadro. La pareja no pelea por el menú, pelea por el lugar simbólico que cada uno ocupa en la relación cuando llega la temporada alta de la vida social.
Una idea para atravesar estas fechas con más inteligencia emocional: antes de decidir dónde, aclaren para qué.
¿La cena es para convivir, para descansar, para quedar bien, para reconectar, para cumplir? Cada finalidad exige una logística distinta. Y cuando no se nombra, se paga.
Tres microacuerdos (mínimos, efectivos):
- Define el objetivo común: “Hoy queremos paz” o “hoy queremos celebrar”. Eso ordena decisiones.
- Distingue deseo de exigencia: “Me encantaría…” abre; “deberíamos…” aprieta.
- Reconecta contigo antes de reconectar con tu pareja: 10 minutos en silencio, respiración o caminata breve. Llegas distinto. Y se nota.
Navidad no tiene por qué ser una prueba de resistencia. Puede ser un laboratorio de autenticidad: decir lo que sí, lo que no, lo que se necesita, sin dramatizarlo. Lo más elegante que puede hacer una pareja en diciembre es hablar con claridad.
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