La Piel de Mandarina
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Lo vio por primera vez un martes. Ella subía con el cansancio encima y dos bolsas reventadas de mandado. Él bajaba sin prisa, camiseta blanca, mirada joven. Se ofreció a ayudarla. Ella dudó, pero dijo que sí. Mientras caminaban, él comentó:
− Huele rico, como a mandarinas.
− SÍ las frutas –respondió ella, sin decir que también era su perfume.
Ya en la puerta, ella sacó una mandarina de la bolsa y se la ofreció. Pero no se la dio en la mano. La tomó entre los dedos, le quitó la piel despacio, mirándolo. La cáscara se abrió suave, húmeda, como si sugiriera algo más. Él no desvió la vista. Cuando ella se la entregó, los dedos se rozaron apenas. Sonrieron, sin decir nada más. Desde entonces, cada vez que cruzaban el estacionamiento, lo buscaba. A veces estaba. A veces no.
Un domingo subió a la azotea a lavar. La ropa húmeda colgaba como piel tendida. Justo cuando terminaba, escuchó pasos en la escalera.
Ella bajaba, él subía. Se detuvieron frente a frente. No hablaron. Él olía a jabón recién usado. Ella seguía oliendo a mandarina.
No hubo palabras. Solo el reconocimiento inmediato de un deseo que ya había empezado día antes. Él se acercó. Ella no retrocedió. El primer beso fue lento, como probando la piel de una fruta. El resto fue urgente. La espalda de ella contra la pared caliente, los labios de él bajando por su cuello, las manos encontrando ruta debajo de la blusa. Ella se aferró a su cintura. Él a sus caderas. Sus cuerpos se sacudieron hasta quedar sin aliento. El cemento raspó un poco, pero nadie se quejó.
Todo fue un momento maduro, justo en su punto. Como una mandarina dulce. Uno de esos secretos que nadie dice en voz alta, pero el cuerpo recuerda siempre. Desde entonces, se cruzan de vez en cuando, con miradas que no necesitan palabras. Y a veces, sin planearlo, vuelven a subir a la azotea.
