La Piel de Mandarina

por Isis Jazmín Sandoval G. | Concurso literario Agosto 2025: Cuento Erótico

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Lo vio por primera vez un martes. Ella subía con el cansancio encima y dos bolsas  reventadas de mandado. Él bajaba sin prisa, camiseta blanca, mirada joven. Se  ofreció a ayudarla. Ella dudó, pero dijo que sí. Mientras caminaban, él comentó:  

Huele rico, como a mandarinas.  

SÍ las frutas –respondió ella, sin decir que también era su perfume.  

Ya en la puerta, ella sacó una mandarina de la bolsa y se la ofreció. Pero no se la  dio en la mano. La tomó entre los dedos, le quitó la piel despacio, mirándolo. La  cáscara se abrió suave, húmeda, como si sugiriera algo más. Él no desvió la vista.  Cuando ella se la entregó, los dedos se rozaron apenas. Sonrieron, sin decir nada  más. Desde entonces, cada vez que cruzaban el estacionamiento, lo buscaba. A  veces estaba. A veces no.  

Un domingo subió a la azotea a lavar. La ropa húmeda colgaba como piel tendida.  Justo cuando terminaba, escuchó pasos en la escalera.  

Ella bajaba, él subía. Se detuvieron frente a frente. No hablaron. Él olía a jabón  recién usado. Ella seguía oliendo a mandarina.  

No hubo palabras. Solo el reconocimiento inmediato de un deseo que ya había  empezado día antes. Él se acercó. Ella no retrocedió. El primer beso fue lento, como  probando la piel de una fruta. El resto fue urgente. La espalda de ella contra la pared  caliente, los labios de él bajando por su cuello, las manos encontrando ruta debajo  de la blusa. Ella se aferró a su cintura. Él a sus caderas. Sus cuerpos se sacudieron  hasta quedar sin aliento. El cemento raspó un poco, pero nadie se quejó.  

Todo fue un momento maduro, justo en su punto. Como una mandarina dulce. Uno  de esos secretos que nadie dice en voz alta, pero el cuerpo recuerda siempre.  Desde entonces, se cruzan de vez en cuando, con miradas que no necesitan  palabras. Y a veces, sin planearlo, vuelven a subir a la azotea.